DDHH-CAMBOYA: Jemer Rojo visto con gafas maoístas

PHNOM PENH, 20 nov (IPS) Por Andrew Nette – Cuando Gunnar Bergstrom bajó del avión en la sofocante capital camboyana, en agosto de 1978, nunca se imaginó el rumbo que había seguido la revolución que él apoyaba desde lejos.

Como integrante de la delegación de la Asociación Amigos de Camboya de Suecia (AACS), una de las pocas organizaciones occidentales a las que el régimen comunista del Jemer Rojo (1975-1979) permitió visitar este país, Bergstrom y sus compañeros fueron recibidos por un grupo de funcionarios vestidos de negro.

“Sabíamos que el Jemer Rojo había vaciado Phnom Penh y otras grandes ciudades, eso no fue una sorpresa”, relató Bergstrom en un seminario realizado este mes en Phnom Penh.

Lo que no sabían en 1978 era que la gente era explotada, hambreada, torturada y ejecutada como parte de un experimento social ultraradical que terminaría con la vida de casi dos millones de camboyanos.

“No vimos los asesinatos ni las muertes, no teníamos ni idea de la existencia del centro de interrogatorios Tuol Sleng”, remarcó.

“Sabía que algunas cosas habían sido arregladas, pero no todo”, señaló al recordar los 14 días que estuvo en Camboya, durante los cuales viajó por todo el país y cenó con el hermético líder del Jemer Rojo, Pol Pot (1925-1998), y su canciller Ieng Sary.

“Ahora creo que el viaje fue mera propaganda y que nunca debimos hacerlo”, reconoció Bergstrom. “Sigue siendo un misterio cómo uno puede engañarse tanto. Nos mintieron con sonrisas, pero lo peor fueron las gafas maoístas que teníamos nosotros”.

La actual agenda de Bergstrom, quien regresó a Camboya este mes por primera vez desde 1978, es totalmente diferente a la que motivó entonces al militante maoísta de 27 años.

Con ayuda del no gubernamental Centro de Documentación de Camboya, dedicado a crear un archivo histórico del Jemer Rojo, Bergstrom reconstruirá la visita de la delegación de la AACS, con la esperanza de recuperar las historias de vida de las personas que conocieron en aquellos años.

También organizará una exposición de fotografías tomadas durante su visita a Camboya, “Gunnar en el infierno: Kampuchea Democrática, agosto de 1978”.

Bergstrom espera contribuir al conocimiento de la época del régimen del Jemer Rojo y generar un debate sobre la naturaleza de la verdad y la propaganda entre los camboyanos, muchos de los cuales no recuerdan esos tiempos.

Al igual que muchos intelectuales de los años 60, Bergstrom apoyó las revoluciones comunistas de Camboya, Laos y Vietnam y creyó que los nuevos sistemas darían paso a sociedades mejores.

“Participé activamente en el movimiento contra la Guerra de Vietnam (1964-1975) cuando tenía 19 años”, recordó. “La primera manifestación a la que fui era por Camboya. Éramos jóvenes y muchos fuimos reclutados por el movimiento maoísta”, apuntó.

“La gente no quería el comunismo soviético, pero los jóvenes pensábamos que China era diferente, que era una sociedad ideal sin opresores”, apuntó.

“Cuando el Jemer Rojo ganó en abril de 1975, salimos a festejar”. Poco después, la AACS, pidió permiso para ir de visita, pero fueron rechazados.

Finalmente, en abril de 1978 llegó el permiso, otorgado en el marco de una campaña de relaciones públicas montada por el régimen.

La delegación se volvió a Suecia, dónde organizaron conferencias y publicaron artículos a favor del Jemer Rojo. “Seis meses después abandoné el movimiento porque me di cuenta que me había equivocado”, recordó Bergstrom.

Casi todos los integrantes de aquella delegación sueca hicieron lo mismo, pero uno de ellos defendió a Pol Pot, por lo que la visita sigue siendo polémica hasta hoy.

Ellos no fueron los únicos suecos que visitaron Kampuchea Democrática por aquellos tiempos.

“En 1976, el embajador chino y altos oficiales de la cancillería volvieron de Camboya con una visión muy positiva de lo que sucedía allí”, relató Eskil Frauck, del Foro de Historia Viva, el centro de estudios sueco que patrocina el viaje de Bergstrom.

“Delegaciones de Estados Unidos y otros países europeos también dieron informes positivos”, recordó Frauck. “Eso contribuyó a que la situación en Kampuchea Democrática pareciera mucho mejor de lo que era en realidad”.

La delegación de Bergstrom visitó fábricas, cooperativas agrícolas, escuelas y hospitales. Los llevaron al puerto de Kompong Som, ahora Sihanoukville, dónde vieron cómo era cargado un barco de arroz para exportar a China.

“Lo interpretamos como una prueba de su autosuficiencia y de que podía cultivar más arroz del que consumían”, recordó Bergstrom.

Para la reunión con Pol Pot debieron presentar sus preguntas con anticipación. “Le dimos nueve. Una era sobre las acusaciones de genocidio. Él negó todo y alegó que eran calumnias occidentales”, apuntó.

“No me impresionó negativamente Pol Pot. La gente me pregunta si tenía cara de loco. Parecía normal, lo que es más aterrador porque quiere decir que era un asesino racional”, señaló.

Un recuerdo que hoy hace reír a Bergstrom es una conversación que tuvo con Ieng Sary en francés. “Me preguntó a quién podían invitar a Camboya, si podían ser periodistas suecos”, relató.

“Por supuesto, ustedes no tienen nada que ocultar”, añadió Bergstrom con una risa irónica.

Lo que más lo atormenta es lo que ni él ni los otros miembros de la delegación fueron capaces de percibir durante su visita.

A fines de 1978, los líderes del Jemer Rojo no sólo eliminaron a los presuntos intelectuales o partidarios del régimen anterior, sino también a chinos, vietnamitas e incluso muchos de sus seguidores, porque no considerarlos los suficientemente leales a Pol Pot. Eso motivó revueltas en varias partes del país.

En muchas partes de Camboya, la gente pasaba hambre y las relaciones con Vietnam se habían roto tras las repetidas incursiones del Jemer Rojo en su territorio. Hanoi se preparaba para la invasión que ocurriría pocos mese después, el 25 de diciembre de ese año.

“Como no hablamos jemer, nos comunicábamos mediante un intérprete”, recordó Bergstrom. “Esa fue una de las principales razones por las que el régimen se aseguró que viéramos sólo lo que ellos querían”.

“Las veces que vi algo perturbador, lo justifiqué porque la revolución era joven. Me decía que ya aprenderían”, reconoció.

Las fotografías tomadas por Bergstrom y otro integrante de aquella delegación sueca son un recuerdo que los atormenta por cómo fueron manipulados mientras ellos trataban de interpretar lo que veían.

Además de la propaganda manifiesta, hay fotografías de niños y niñas sonrientes, obreros, hombres y mujeres en comedores comunales y trabajadores cultivando arroz, con el exuberante paisaje rural de Camboya detrás.

El tiempo destiñó las imágenes y les dio un aspecto granulado. Los colores se apagaron y aparecieron sombras. Las fotografías representan un país pobre, pero funcionando. No hay escenas de torturas ni gente con hambre ni violencia.

“Durante mucho tiempo traté de pensar qué cosas eran mentira y cuáles reales”, contó Bergstrom. “El hospital que vimos era definitivamente falso, porque no existían”.

“Nos mostraron una escuela secundaria técnica en Phnom Penh, que era falsa o para cuadros jóvenes”, reflexionó.

“Con seguridad, las cooperativas eran emprendimientos modelo y se las deben haber mostrado a todos los visitantes”, apuntó.

“No puedo volver el tiempo atrás y cancelar el viaje. Sólo puedo hacer las cosas bien ahora. Por mi parte pido disculpas”, se lamentó.

“Si me preguntas si me sentí culpable, te respondo que sí”, sentenció.

© “Todos los Derechos Reservados, IPS Inter Press Service, (2008)” ©El Bonsai

 

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