INFANCIA-SOMALIA: Lanzados a las calles

Por Abdurrahman Warsameh
MOGADISCIO, enero (IPS) – Desde que tenía 10 años, Hassan Maye, hoy de 13, se gana el pan para él y su familia en las calles de la capital de Somalia. Lustra zapatos en el barrio de Sinaí, en el sur de la ciudad. En un buen día gana 18.000 chelines, equivalentes a unos 50 centavos de dólar.

Todos los días, Maye se enfrenta al peligro para obtener este magro ingreso. Los disparos son moneda corriente en torno a su lugar de trabajo.

También tiene que estar alerta ante las pandillas de ladrones independientes armados que deambulan por la ciudad.

Sus ganancias constituyen un pequeño aporte a los ingresos del hogar que comparte con sus abuelos y hermana. La hiperinflación convierte a la supervivencia en una lucha cotidiana. Una taza de té ahora cuesta el doble que hace un par de meses.

El costo de alimentos básicos como arroz y harina, que ya eran prohibitivamente caros para muchos somalíes, aumentó 10 por ciento en ese lapso.

Maye no es el único niño que intenta sobrevivir en las calles de Mogadiscio, donde la infraestructura básica casi ha colapsado, los servicios sociales apenas están disponibles y el precio de los alimentos se ha disparado.

Pero en un país envuelto en el caos y la violencia mortal por casi dos décadas –Somalia no tiene un gobierno central funcionando desde la caída de Mohammad Siad Barre en 1991– es difícil acceder a estadísticas precisas sobre la cantidad de niños en las calles.

“Hay varios factores que obligan a los niños a salir. Uno es la pobreza causada por el desempleo del principal sostén de la familia o por su muerte”, explicó el trabajador social Mohammad Gaab.

El desempleo abunda en el país, y al colapsar la seguridad social que proporcionaban las agencias de asistencia, muchos padres que no pueden hacerse cargo de sus hijos les permiten conseguirse trabajos o mendigar, exponiéndolos así a correr riesgos en las calles.

“Las otras razones incluyen negligencia por parte de los padres por un motivo u otro, o que el niño escape del abuso de sus padres, pero la causa primordial de que haya niños en las calles es la pobreza”, dijo Gaab a IPS en Mogadiscio.

Desde 2001, cerraron muchas organizaciones benéficas islámicas que atendían a niños y niñas en situación vulnerable, luego que les cortaron el financiamiento.

“Desde el 11 de septiembre (de 2001, cuando más de 3.000 personas fallecieron en los atentados terroristas en Nueva York y Washington), muchas organizaciones de caridad islámicas se quedaron sin financiamiento de los países del Golfo (Pérsico o Arábigo), principalmente de Arabia Saudita, luego de que Estados Unidos las etiquetó erróneamente como favorables a las actividades terroristas. Desde entonces, en Mogadiscio se cerraron muchos orfanatos que dependían de su financiamiento”, dijo Gaab.

Él mismo es un ex empleado de la organización saudita Al-Haramain.

En el actual brote de violencia, que obligó a casi la mitad de los dos millones de habitantes de Mogadiscio a abandonar sus hogares, muchos huérfanos se quedaron sin protección, relató Gaab.

Así, se encuentran nuevamente en las calles de la capital, ya sea haciendo trabajos de poca categoría, como lustrar zapatos, lavar automóviles o platos, o desempeñándose como empleados domésticos para mantenerse a sí mismos y a sus familias.

Maye, el lustrabotas, que ya ha pasado por todo eso, dice que trabajar en las calles de Mogadiscio para ganarse la vida representa una lucha por la supervivencia en un entorno peligroso.

“Mis amigos y yo trabajamos lustrando zapatos, pero a veces hay peleas alrededor de donde estamos, y a menudo vemos muertos y heridos por todo el lugar”, explicó.

Muchos niños de la calle han muerto o resultado heridos por las balas perdidas que disparan ambas partes del conflicto, mientras que otros son asesinados bajo sospecha de ser espías o de colocar bombas al costado de carreteras.

“No voy cerca de fuerzas del gobierno somalí o de fuerzas extranjeras. Ellos matan a niños que lustran zapatos. Creen que somos espías”, dijo Osman Dahir, un amigo de Maye.

Hay otros niños de la calle que no trabajan sino que mendigan para sobrevivir. La mayoría pertenecen a grupos recientemente desplazados que abandonaron sus aldeas a causa de la violencia, el hambre o la sequía, que les impide continuar cultivando sus tierras.

Rara vez pueden hallar incluso trabajos de escasa paga como el de Maye, porque el costo de iniciarse en ellos –comprar cepillos y cera, agujas e hilo para remendar zapatos dañados– les resulta excesivo.

Maye y sus compañeros tuvieron suerte de que un familiar o un vecino les proporcionaran esos elementos.

Algunos de los recién llegados se las arreglan para ahorrar lo suficiente como para solventarse el trabajo en las calles. Pero deben comenzar sus vidas en la ciudad destrozada sentados en el exterior de alguna mezquita, vestidos con harapos, bendiciendo a los gritos a quienes les ofrecen su caridad. Otros van de casa en casa pidiendo limosna.

Como sus amigos, Maye no va a la escuela. En Mogadiscio, muy pocos niños pueden hacerlo, dado que la mayoría de las escuelas han sido destruidas o clausuradas por la incesante violencia que azota a la ciudad desde 2006, cuando estallaron las luchas entre insurgentes islamistas y soldados etíopes que invadieron Somalia para ayudar a derrocar a un gobierno islamista que controlaba buena parte del sur y centro del país.

“Me gustaría tener una educación y aprender a leer y a escribir, e ir a la universidad, pero no puedo porque no tengo dinero y aquí no hay escuelas”, se lamenta Maye, agregando que si tuviera la oportunidad querría ser médico y ayudar a tratar a los enfermos y heridos de Mogadiscio.

Las agencias humanitarias nacionales e internacionales en Somalia intentan aliviar el sufrimiento de las familias más vulnerables en la capital y en los campamentos de desplazados que se extienden en los suburbios, pero la violencia crónica en la ciudad, los ilegales puestos de control en las carreteras y la piratería en aguas somalíes se combinan para frustrarlas.

En su mayor parte, los niños como Maye se esfuerzan por sobrevivir por su cuenta. Los costos que tendrá esto en su generación solamente se verán en las próximas décadas

© “Todos los Derechos Reservados, IPS Inter Press Service, (2008)” ©El Bonsai

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