NUEVA YORK, oct (IPS) – El presidente de Ecuador, Rafael Correa, tiene un doctorado en Economía. Pero no hay estudios que alcancen para frenar la crisis financiera mundial, que tiene graves consecuencias en su país.

KABUL, oct (IPS) – Desde hace tres semanas, el afgano Ghulam Nabi, de 30 años, sufre en una cama de hospital. Su rostro refleja la desesperanza, la soledad y la desesperación por la vida que alguna vez tuvo y que ahora ha perdido para siempre.

“Perdí mi tierra, mi huerta y todo lo demás por culpa del opio”, dice, con sus delgadas manos aferradas a las barandas de su lecho y dirigiendo su mirada lánguida a los médicos y enfermeros que lo rodean.

Nabi comenzó a fumar hachís siendo joven, pero luego que desconocidos asesinaron a sus dos hermanos, y al empeorar las condiciones de vida en su aldea, pasó a consumir opio. Para entonces tenía 15 años.

En pocos años, la adicción consumió su vida. Su esposa, sus cinco hijos y su familia extendida se convirtieron en extraños, mientras él, perdido en una bruma de drogas, dormía al aire libre, lejos de su casa.
“No sé que comen o visten, o a quién le piden dinero prestado, porque yo lo perdí todo por culpa del opio. Si encontraba una o dos monedas, las usaba para comprarlo. Podía sobrevivir sin alimentos, pero no sin opio”, relata.

Desde que llegó al hospital, el mes pasado, las cosas han mejorado, dice Nabi. Está determinado a abandonar su adicción. Asegura que cuando salga del hospital no volverá a consumir drogas y que trabajará duramente para mantener a su familia.

Pero su potencial de curarse está lejos de lo que es la norma en Afganistán.

Un sobrecito de opio puede obtenerse por 2,4 dólares en el mercado abierto. Al principio es un hábito barato, lo que permite que muchos de los afganos más pobres se inicien jóvenes en su consumo.

Afganistán produce 6.900 toneladas anuales de opio sin procesar, más que la demanda total mundial de esta droga. Ese opio luego se refina, convirtiéndose en polvo de heroína para uso ilegal, principalmente en países de Occidente, donde se la aspira como la cocaína o se la inyecta con una jeringa.

Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) difundido el mes pasado, los cultivos de adormidera en Afganistán se han reducido 22 por ciento, mientras que la producción de opio bajó 10 por ciento el año pasado.

Pero este declive tiene poco impacto en el mercado local, donde la oferta es tan abundante que el opio es barato y siempre está disponible.

El Ministerio Antinarcóticos teme que unos dos millones de afganos sean adictos a la droga sin procesar, y comenzó un censo para confirmar ese número. Los funcionarios de esa cartera sostienen que los resultados estarán prontos este año.

Según un estudio de 2006, en ese momento casi un millón de afganos eran adictos al opio. De ellos, siete por ciento eran niños, 13 por ciento mujeres y, el resto, hombres adultos. Mientras, se edificaron centros de tratamiento de la adicción en 34 provincias, y hay otros 16 en construcción.

Zalmai Afzali, portavoz del Ministerio Antinarcóticos, señaló que la cantidad de centros de rehabilitación empalidece si se la compara con el alcance del problema. “El número de adictos aumentó 50 por ciento en relación al que se registraba en 2006”, indicó.

Según Afzali, el mayor problema del combate a la adicción es la falta de financiamiento para las agencias gubernamentales responsables de la prevención y el tratamiento del uso del opio. “Queremos que la comunidad internacional nos ayude a reducir la cantidad (de adictos) y a aumentar su tratamiento”, afirmó.

En el centro de adicción donde Nabi intenta reencauzar su vida, alrededor de 100 adictos al opio reciben tratamiento las 24 horas del día, mientras que otros 400 están registrados como pacientes externos.

Fareed Rayed, portavoz del Ministerio de Salud Pública, sostuvo que este centro puede funcionar gracias al financiamiento que recibe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dependiente de la ONU.

Según él, insume “45 días tratar a un adicto en estos centros”, pero es sólo después de que pasan unos días en los “cuartos de dormir”, donde se fortifican sus niveles de vitamina A, que sus cuerpos tienen la fortaleza necesaria para responder al tratamiento.

Aunque los centros como éste son fundamentales para combatir los síntomas de la adicción al opio en Afganistán, la raíz del problema se encuentra en las familias y los barrios.

Las cercanas relaciones dentro de las familias afganas, donde muchas generaciones viven bajo el mismo techo, significan que cuando se propaga la adicción al opio lo hace muy rápidamente y con un efecto catastrófico.

La adicción no sólo se transfiere de un amigo a otro, sino que pasa de esposo a esposa, que se la transmite a su hijo, y éste, a su vez, a su hermana. Y así sucesivamente, hasta que toda una familia o aldea queda atrapada por una adicción implacable.

Es así como distritos enteros de las provincias de Badakhshan (nororiente) y Nangrahar (oriente) se han vuelto esclavos del opio.

Salima (nombre ficticio) consume opio ininterrumpidamente desde su juventud. Su cuerpo es apenas piel y huesos. Ahora tiene 40 años, pero los embates de la droga la han envejecido terriblemente: aparenta por lo menos 20 o 30 años más.

Oriunda de Badakhshan, actualmente vive en Kabul.

Salima empezó a consumir opio hace 20 años, luego de que falleció su esposo, dejándola con dos hijos pequeños a su cuidado. Sus ojos ausentes se llenan de lágrimas cuando describe cómo se sumió en la adicción.

“Una mujer de nuestro barrio comía opio y yo empecé también. No comprendí el poder de la droga”, contó.

Por supuesto, Salima no es la única. Muchos usuarios empiezan fumando la droga, antes de pasar al uso intravenoso.

“Antes fumaba, ahora uso inyecciones”, dice un demacrado hombre de 40 años que pide no ser identificado.

“Estoy muy cansado de mi vida”, agrega.
© “Todos los Derechos Reservados, IPS Inter Press Service, (2008)” ©El Bonsai

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